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Terremoto 2010
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En el '60 la vida de los chilotes cambió para siempre

Luis Mancilla co-autor del libro "El Terremoto de 1960 en Castro", cuenta sobre los cambios geográficos, económicos y culturales provocados por el sismo y posterior maremoto.

Playa de castro

En Chiloé el terremoto de 1960 no sólo destruyó muelles, calles, las estaciones de un anticuado tren, derrumbó casas y provocó incendios que destruyeron lo que se había salvado del violento sismo. También las enormes olas del tsunami arrasaron los barrios costeros y en la ciudad de Ancud y en la costa de Cucao la violencia de esas olas provocaron una cantidad de muertes cuyo número real nunca se ha sabido. Pero esa catástrofe también provocó otra clase de cambios: geográficos, económicos y culturales.

Las calles del borde costero de Castro, Achao, Ancud y Chonchi eran sombras de cómo se vivía antes de 1960. En Castro cada verano se inundaban con las altas mareas, entonces, los niños nadaban por las veredas. Nadando llegaban hasta Punta de Chonos, nadando recorrían los escombros de la antigua estación, nadando cruzaban calle Lillo. Eran aguas cálidas y nadie sabe por qué misterio los peces lunas llegaban a quedar varados en las playas, y enormes orcas entraban a la bahía persiguiendo cardúmenes de sierras. Aguas cálidas atraen cardúmenes de sardinas y jibias se amontonan en las playas de Ten ten y en carretas las iban a buscar para abonar los campos. La isla se había hundido dos metros, y las mareas descontroladas subían y bajaban seis u ocho veces en un mismo día. La naturaleza, por culpa del terremoto, estaba cambiando sus ritmos, era la explicación más común.

En Ancud se derrumbó la Catedral y desapareció el Barrio La Arena, sus casas fueron arrastradas por el maremoto. Muchos recuerdan haber visto cómo el mar se llevaba las casas embanderadas con gente en los techos. En Chonchi desaparecieron los viejos palafitos de la costanera. El terremoto cambió los paisajes y llegó la modernidad. Comenzaron los años del puerto Libre y aparecieron los barcos alemanes fondeados en el centro de la bahía de Castro con su carga de autos y camiones Mercedes Benz y cajas repletas de Blujeans, “Pecos Bill”, cuchillería “arbolito”, lámparas “Petromax”, pesas de baño, radios Sanyo, estufas a parafina Comet, Chocolates Toblerone, paraguas, jabones, encendedores y mil una cosas más que como imanes atraen a los chilenos del continente. Poco a poco desaparecen las viejas “góndolas” que iban de Castro a Ancud o Dalcahue y en las cuestas parecían desarmarse. El tren ya es un recuerdo. Ahora se viaja en modernos buses Magirus Deutz, con asientos reclinables y vista panorámica, los más modernos de Chile. En Castro aparecen los taxis, son Mercedes Benz, somos el único lugar del mundo donde los autos usados por presidentes, diplomáticos y millonarios sirven para llevar pasajeros y en su portamaletas cargan bolsas de papas y canastos de junquillo con verduras o pescados. Por los caminos se viaja en autos Opel, Impala, Biscaigne. Se comienza a vender la leña en camiones y a ser cortada con motores que hacían girar una sierra que asomaba sus dientes en un pequeño mueble de aserrar. La sierra estaba unida al motor por una larga cinta de asbesto.

Chiloé comenzó a ser conocido; llegan turistas atraídos por las vitrinas repletas de mercaderías importadas. Pero el Puerto Libre no promovió el desarrollo de industrias. Muchos importadores eran comerciantes de egoísta mentalidad comercial que ganaban dinero pero no tenían interés en reinvertir en la Provincia. No se invirtió en crear industrias ni se realizaron inversiones destinadas a promover el desarrollo económico y social del archipiélago. Fue una ley hecha para enriquecer a unos pocos comerciantes que se llevaron las ganancias obtenidas no dejando otras huellas que el recuerdo de una actividad comercial que no tuvo trascendencia en el desarrollo económico del archipiélago. También el comprador era gente llegada desde el continente, el chilote no tenía poder adquisitivo a causa de su tradicional y precaria economía de subsistencia. Más allá de calle Blanco la ciudad sigue tan pobre como antes del terremoto, calles oscuras, sin veredas ni electricidad, se vive una pobreza de compartir yocos, harina, aceite, zapatos y ropas recibidas de caridad en las filas de Caritas y se vive sin saber cómo obtener provecho de las franquicias aduaneras. En los años del Puerto Libre a Chiloé se trasladaban empleados públicos, profesores, doctores, dentistas y otros profesionales que después de dos o tres años regresan a la Capital o a otras ciudades del centro del país con el automóvil, el menaje de casa o sofisticados equipos quirúrgicos que de otro modo no hubieran podido adquirir. El puerto libre parecía la solución al desarrollo de Chiloé más allá de la tradicional economía de subsistencia. Pero pasó sin pena ni gloria.

El terremoto acrecentó la emigración de familias chilotas, campesinos pobres, hacia la Patagonia. No era la emigración estacional que desde principios del siglo XX se realizaba en temporada de esquila, el peón golondrina de ir y regresar. Eran familias completas embarcándose en Castro para en la Argentina o Magallanes buscar mejores condiciones de vida. Se iban lejos del olvido y la marginación en que los gobiernos mantenían a Chiloé, sin integrar al archipiélago a las políticas de desarrollo social y económico.

En parte ese aislamiento fue “derrumbado” por la magnitud de la tragedia, el país y la comunidad internacional “descubren” que Chiloé existe, y que el archipiélago no solo debía ser ayudado para superar los efectos devastadores del terremoto. Era esencial incorporar este territorio a los procesos modernizadores que desde décadas anteriores se habían iniciado en el resto del país. En los primeros años de la década del sesenta se comienza a construir la carretera panamericana, se inaugura una radioemisora en Castro, se amplían las franquicias del Puerto Libre, se construyen nuevos establecimientos educacionales, se inicia una incipiente industria turística con la construcción de hosterías en Castro y Ancud, comienza la urbanización de las ciudades, pavimentación de calles, mejora y extensión de las redes de agua potable y alcantarillado. Es en estos años que comienza una nueva emigración, intelectual y silenciosa. Los estudiantes hijos de obreros y campesinos viajan a estudiar en las universidades del continente; después son profesionales que nunca regresan a una isla que recién se incorpora a la modernidad. El terremoto no sólo trajo cambios geológicos y geográficos, también impulsó cambios sociales y económicos. Mayo de 1960 fue el principio del fin de un modo de vida tradicional, cambian los hábitos rurales, se inician nuevos estilos de vida y de sociabilidad, las ciudades isleñas expanden sus límites, y el pueblerino conocerse con la gente “de nombre o de vista”, deja de ser algo característico de un vecindario casi rural. Con el terremoto de 1960 comenzó a declinar el transporte marítimo. En Castro, el muelle construido encima del destruido molo se repletó de ausencias. El Navarino, El Osorno llevaban chilotes emigrando a la Patagonia. En la playa del desembarcadero al final de calle Blanco, en Castro; y en Ancud en la playa del desaparecido Barrio La Arena, dejaron de varar las lanchas veleras y los alquitranados chalupones. Las ferias y mercados campesinos fueron haciéndose recuerdos, años después investigadores culturales descubrieron que las húmedas, antiguas y abandonadas iglesias de los pueblos eran patrimonio de la humanidad y la vieja casa de nuestros abuelos que soportó el terremoto más grande ocurrido en el mundo era arquitectura vernácula. Pasaron los años y las viejas casas no soportaron más lluvias y se derrumbaron con tantos descuidos. Hoy cuando la ciudad se hace de latas, cemento y vidrios; aparecen en alguna fotografía. Un día los yocos, curantos, chochocas, chapaleles fueron comida costumbrista; y olvidamos esa vez que la Tierra dijo que la vida se puede acabar en el instante menos pensado. Hoy esa realidad es una foto en blanco y negro que no retrata los abstractos cambios en la vida de la gente que habita este archipiélago. Una isla sin cicatrices de la más grande catástrofe que rompió el círculo que la encerraba en un tiempo de lentos relojes que atrasaban y alejaban a Chiloé del mundo moderno y los avances tecnológicos.

 

Comentarios  

 
#1 Guest 12-12-2010 00:33
FELICITACIONES POR ESTE TRABAJO, ESTÁ MUY BUENO. ESPERO QUE CON TRABAJOS COMO ÉSTE, LAS PERSONAS TOMEN CONCIENCIA DE QUE SOMOS MUY VULNERABLES A TODO Y QUE DEBEMOS AYUDARNOS EN CUALQUIER CIRCUNSTANCIA DE LA NATURALEZA. SALUDOS DESDE VALPARAÍSO.
 

Este sitio web fue abierto en 2010 para recordar públicamente los fenómenos naturales y sociales de 1960, en el marco de la conmemoración de los 50 años del Terremoto que ese año azotó fuertemente la zona centro-sur de Chile.

En las galerías de fotografías, archivos de prensa y testimonio podrás encontrar material compartido por testigos de la época que quisieron hacerlo público para conmemorar y construir colectivamente nuestra memoria. Además podrás informarte de las diferentes actividades realizadas por distintas instituciones en el marco de este año conmemorativo.

A inicios de 2010 un sismo similar afectó Chile, a 50 años de lo hechos de 1960. Las nuevas generaciones también se acercaron a este portal a compartir sus testimonio del terremoto y maremoto del 27F. Vivencias similares a las de 1960 que nos recuerdan, una vez más, que habitamos uno de los territorios más sísmicos del planeta.

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